martes, 4 de agosto de 2015

FIESTA



El alcohol nublaba mis sentidos en esa fiesta campesina. Los invitados atiborrados de licor bailaban y caían presos del dios Baco que ilusoriamente les cruzaba las pezuñas con los pies para hacerlos desplomar unos sobre otros.  Mujeres y hombres danzaban sin el decoro que la moral exige. La razón, los sentidos y el instinto ya no tenían cabida en esos cuerpos ebrios de vino y gozo sin sentido.

La fiesta acababa, aún los rayos del sol no tocaban la sabana oscura de la noche. La neblina de la fría tundra no dejaba ver más allá de unos metros.  El último grupo de convidados salió en alegre caravana hacia el camino del pueblo, abrazados unos a otros caminaban zigzagueando y cantando las canciones ancestrales de sus predecesores perdiéndose en la bruma espesa.

Me puse de pie desde el mueble en el que estaba sentado, mi cuerpo no le hacía caso a mi cerebro y cada uno de mis miembros rebeldes hacía lo que quería. Despídome de los anfitriones que tan bien atendidos nos tuvieron, rechacé las últimas copas del dulce licor que me ofrecían, después de todo, tenía que manejar mi camión lleno de sacos de arena para la construcción de mi casa. 



Salí de ahí manejando mi vehículo por el camino de tierra, los párpados traicioneros cubrían mis ojos, por momentos, cual cortinas sobre ventanas abiertas. La penumbra de la madrugada incipiente no ayudaba a mantenerme despierto. Abrí mis ojos sacudiendo la cabeza buscando despertarme. Abrí una Coca – Cola y fui bebiéndola para no dormir. Funcionó.
  

El camino lleno de piedras golpeándome los riñones a cada bache también ayudó mucho, prendí la radio y seguí la fiesta dentro del camioncito. Ya casi llegaba al pueblo, sólo el estrecho puente me separaba de él. La neblina se hacía más densa y la hora más negra, bien dicen que la noche se torna más oscura antes del amanecer. El volumen de la radio me acompañaba y entré al puente donde entraba el camión con gran trabajo, casi eran del mismo ancho. No veía más allá de la nariz del vehículo, el sueño regresó, seguro porque mi cerebro cansado sabía que estaba cerca al hogar, levanté más el volumen de la radio. El camino sobre el puente se tornó más rudo, las llantas aplastaban las piedras más duras que hacían rebotar el camión y el sonido de ramas rompiéndose se escuchaban bajo las llantas.

Avanzaba lentamente con las piedras y ramas crujientes, casi había terminado de pasar el puente cantando a todo pulmón una de mis canciones favoritas.

De repente escuché las lamentaciones, los llantos y gritos lastimeros, estaban cerca de mí pero ¿Donde? Seguí avanzando tratando de llegar al otro extremo pero una de las llantas se trabo con una de las piedras y ya no avanzó.

Bajé para liberar el neumático, abrí la puerta y puse mis pies en la tierra aun mareado, mis ojos trataban de enfocar la roca trabada y acerqué mi mano para alcanzarla.  La piedra me miró con los ojos ensangrentados casi saliendo de sus cuencas, sus cabellos largos enredados en las llantas arrancaron el cuero cabelludo del cráneo dejando abierta su frente por donde se veía el hueso del cráneo desnudo.  Trastabillé hacia atrás cayendo sentado sobre la sangre que manaba de debajo del camión. Casi arrastrándome me senté apoyándome en uno de los muros del puente para reponerme de la impresión.

Los lamentos se hicieron más fuertes, eran muchas voces, miré al lugar de donde provenían, me puse de pie, la neblina comenzó a disiparse con los primeros rayos del sol que mostraron un paisaje más que dantesco.

Mis pasos se hicieron lentos adentrándome en el puente, tuve que pasar sobre el camión para llegar hacia ellos pues no había espacio entre los muros del puente y el camión para caminar, tan estrecho era.

Ya atrás vi todo lo que yo había creído piedras y ramas quebrándose. Los cráneos destrozados destilaban sangre y sesos, las piernas y brazos triturados se retorcían como gallinas degolladas con los nervios que temblaban como pequeñas serpientes que salían de los miembros mutilados. En los muros varios cuerpos aplastados dejaron una estela de sangre por donde habían sido arrastrados por el camión.

Caminé entre los restos irreconocibles de lo que habían sido seres humanos buscando a los sobrevivientes que gemían y gritaban entre los cuerpos.

Me jalé el cabello tratando de despertar de aquella pesadilla mientras reconocía entre los rostros vivos y muertos a los integrantes del alegre grupo que se había quedado brindando conmigo hasta las últimas consecuencias.