viernes, 25 de septiembre de 2015

HERENCIA FAMILIAR



“¡Pero qué joven se ve!”, “¡No parece de su edad!”, “¿Qué hizo, pacto con el diablo?” – son algunas de las frases a las que estamos acostumbrados yo y los miembros de mi familia.


Es que siempre nos hemos visto mucho más jóvenes de lo que somos. Mi madre parece mi hermana mayor y mi abuela, fácilmente, podría ser mi madre.


En cada reunión de reencuentro con amigas siempre las mismas expresiones y preguntas. Y cuando recién conozco a alguien y hablo de mis hijos ya mayores comienzan las exclamaciones de sorpresa. 


No es que no me guste, es que me encanta, me halaga y sube mi ego. Creo que a todos les gustaría tener esta singularidad. 


Y no es que envejezcamos y no se note, es que no envejecemos. Sólo cambiamos de aspecto dándonos un aire de más madurez cuando, en alguna ocasión, cometemos algún acto negativo en nuestra vida.


Mi tatarabuelo, me contaba mi bisabuela, era dado a todos los placeres de la carne y de la sociedad, fue repudiado por el pueblo y llegó a morir de alguna enfermedad, nunca me explicó cómo falleció. 


Vivíamos en una hermosa casa colonial herencia de la familia que había emigrado de Europa después de la muerte de mi tatarabuelo. Mi tatarabuela con mi bisabuela en brazos,  llegaron a Lima y se hicieron de la mansión conocida como La Casona Sal y Rosas en el Paseo Colón, uno de los lugares más aristocráticos de la ciudad en ese entonces. 


Casona Sal y Rosas - Lima, Perú - 1923
La gran belleza física de mi bisabuela llamaba mucho la atención, lo que le facilitó casarse con un caballero de la sociedad Limeña a muy temprana edad y mantener la alcurnia a la que estaba acostumbrada. Tuvieron muchas propiedad, una de ellas esta casa y también varios esclavos negros, que en esos años de 1840 eran comunes en la Ciudad de los Reyes.  Luego en 1854, el presidente Ramón Castilla, abolió la esclavitud y se quedaron con un bien menos.  
 
Fue un alivio para los esclavos ser liberados y sacados de la casa, pues ellos le tenían miedo a mi familia. Veían que los años pasaban y que no había cambios en mi bisabuela ni en mi tatarabuela que conservaban su juventud y belleza. Los negros quemaban gallinas negras en sus cabañas cada vez que podían para espantar a las brujas que mantenían con esa juventud a los “diablos blancos”.


Mi tatarabuela parece no haber sido la mujer más bondadosa con sus esclavos y servidumbre pues mi abuela me contó que su rostro comenzó a presentar arrugas antes de morir producto de una enfermedad pulmonar y de los grandes castigos físicos infringidos con un placer sádico a sus esclavos ¡Costumbres coloniales!


Mi bisabuela también llegó a casarse con un hombre de sociedad y tuvo dos hijos, mi abuela y mi tío abuelo. Mi abuela, como todas las damas de la sociedad de Lima fue educada entre bordados, clases de piano y la oración del rosario durante las tardes. Mi bisabuelo, en cambio, heredó las costumbres del tatarabuelo y se perdía por días en los vicios más oscuros y pecaminosos. Por supuesto, como ya adivinarán, él envejeció mucho más rápido que mi abuela, que aún conserva la piel bastante lozana, y murió de una enfermedad que, según mi abuela, era azote de la “carne pecadora”.


Mi abuela, como era de esperarse, se casó con un hombre bastante adinerado y dueño de haciendas y Caballos de Paso.  Nació mi madre y seis hermanos más entre tíos y tías.  Una familia hermosa y joven. Mi madre rápidamente cumplió en casarse y seguir aumentando la familia, nacimos mi hermana menor y yo. Aunque, valgan verdades, las tres parecemos de la misma edad. Dicho sea de paso, mi madre es un pan de Dios, por eso su gran juventud. Mi padre, bueno, digamos que aún no regresa de comprar cigarros. 


Todavía recuerdo nuestros paseos con ella y mi abuela para visitar a mi tío abuelo en su tumba. Está enterrado en el Cementerio Presbítero Matías Maestro, uno de mis lugares favoritos de niña. Siempre me ha llamado la atención la muerte y todo lo que tenga que ver con ella. Mi abuelo murió hace unos años y en su funeral lo lloró su joven esposa, mi abuela. 

Cementerio Présbitero Matías Maestro - Lima, Perú
Así fue creciendo la familia, rodeada siempre de admiración, ya en los últimos años mis tíos y tías estudiaron en la universidad y fueron todos profesionales como esperaban sus padres y los años modernos.  Sus cuerpos mantienen su juventud según sus actos. Debo admitir que los varones se ven más viejos, dentro de su lozanía mágica. En cuanto a mí, estudié, me casé y tengo dos hijos maravillosos y ya hechos unos jovencitos. 

Mil historias me han contado en la familia, mil historias una más increíble que la otra, pero nunca la de la muerte del tatarabuelo y porqué salieron de Europa ese mismo año.  Tal vez nunca lo sepa, tal vez tenga que ver con lo de la juventud casi eterna que tenemos. 


La verdad no me importa indagar mucho, sólo me importa disfrutar de este llamado don que es nuestra herencia. 


Pero ¿A qué vino todo este recorrido en nuestro álbum familiar? A que estoy haciendo una recopilación de fotos antiguas nuestras para el trabajo universitario de mi hija que estudia fotografía y me ha pedido ayuda.


Estoy metida hasta las rodillas entre fotos antiguas y cuadros traídos desde Europa por mis tatarabuelos y que guardamos desde siempre en el desván de la casona. 


Hay cajas que nunca abrí, cajas de recuerdos, cofres de madera y cuadros antiguos. Aquí hay uno de mi tatarabuelo, el libertino, qué guapo era por Dios. También hay unas cajas más nuevas que mi abuela guarda con mucho recelo, más cuadros, es fanática de ellos, mejor dicho de los retratos, tiene retratos de todos y cada uno de nosotros, con ella no van los selfies ni las fotos  comunes, ella prefiere el lienzo, el lienzo y los óleos. Apenas cumplimos los 21 años, ella llama a algún pintor reconocido para que nos retrate. Mi hija ya tiene su boceto, mi hijo está a la espera de cumplir la “edad de la pintura” como le decimos nosotros, aunque no de muy buen grado, las tradiciones para él son bastante inútiles y obsoletas, no entiende porqué teniendo cámaras de decenas de píxeles y lentes superiores, su abuela aún quiere retratarlos de esa manera tan rústica ¡Cosas de la abuela! Le decimos.


¡Cómo pesan todas estas cajas! Debo retirarlas para llegar al cajón de las fotografías. Pero ¡Ay! Se me cayó una sobre el cuadro del tatarabuelo, se rompió el marco y el lienzo se salió, habrá que repararlo. Hay algo escrito en la parte de atrás.


Pero…….. ¿Por qué nunca me contaron que él se apellidaba Gray? Dorian Gray.