domingo, 20 de septiembre de 2015

PRESENCIA



La conocía de siempre, nunca me acostumbré a su presencia. Una vez más es de noche como cada doce horas. Me acuesto presuroso con la esperanza de que esta noche no venga. No soporto su rostro sepulcral, sus manos huesudas, su piel de un tono mortuorio, su olor a podrido. Más ¡Ay! Ella no perdona las horas de oscuridad. Escucho su paso rasposo detrás de mi puerta, arrastra sus pies por el pasillo el cual hace eco a su marchar. Cierro los ojos, espero que pase de largo como en otras ocasiones. Los pasos arrastrados se acercan a mi habitación, la aldaba de la puerta gira, aprieto los dientes y los párpados, la puerta rechina al abrirse, mi corazón acelerado late agitando mi cuerpo que tiembla involuntario. Arrastrando sus pies se pega a mi cama, levanto ligeramente la manta y logro ver el piso, sus pies creadores de ese desesperante sonido y su vestido rasgado al borde, la gran mancha de sangre en él, gotea lentamente sobre sus pies y el suelo de madera.


Recuerdo las palabras de mi madre persuadiéndome de que no existe, de que sólo debo convencerme de que es producto de mi imaginación para que  no le tenga miedo. Lo intentaré por primera vez. Pongo mi mente en blanco ¡no existes, no existes, sal de mi mente, no existes, no estás aquí, no te tengo miedo!


Abro los ojos, no la veo más, mi madre tenía razón, ya no tengo miedo, no siento nada. Dormí profundamente.


Es de noche nuevamente, la oscuridad no me hace temer. Camino a mi habitación seguro de mí mismo aunque estoy envuelto en tinieblas.


Otra vez el eco del arrastre ¡pero ella ya no está! Miro al piso, cada paso que doy me pesa, arrastro mis pies a través del pasillo largo de mi casa.