miércoles, 14 de octubre de 2015

CAVILACIONES II : Martillo



Subí al segundo piso, mis amigos ya me esperaban para comenzar el ensayo y mi batería estaba lista aguardando por mí. Los padres de Manuel no estaban y aprovechamos la soledad de la casa para tocar la música que algún día nos llevaría a los escenarios más reconocidos del mundo para complacer a nuestros futuros miles de fans.


Tan sólo Claudia pasaba de vez en cuando por ahí a quejarse de que con nuestra “bulla” no la dejábamos ver televisión. Manuel la corría de un grito bajo las amenazas de ella de que lo acusaría con sus padres apenas regresaran. Chantajes clásicos de hermana menor adolescente.


La  música comenzó a sonar retumbando las paredes de la casa, los vidrios de las ventanas temblaban a cada golpe de mi batería y a cada solo de guitarra de Beto. Los curas del colegio donde habíamos estudiado nos hubieran excomulgado por las melodías que salían de nuestros instrumentos. 


Y pensar que en algún momento quisieron comenzar mi preparación para la carrera eclesiástica, felizmente había recapacitado y me había dado cuenta de que extrañaría demasiado los placeres mundanos.  Para ser sincero, más que recapacitar había conocido y muy bien, a Dianita, la que me hizo darme cuenta de todo lo que me perdería si me casaba con la iglesia. Por tanto, antes de ser un marido infiel, preferí no atarme a la antigua señora. 


El día transcurría tras ensayos, llenarnos de bocaditos salados que nada tenían que ver con una verdadera comida y atiborrarnos de sodas heladas. Por tanto líquido la naturaleza hizo efecto y salí a buscar un baño para aliviar la vejiga. El baño del primer piso estaba malogrado, me dijo Manuel, por lo que salí corriendo al segundo. Al fin llegué y pude dar rienda suelta a mi necesidad. Al salir pasé por el dormitorio de Claudia que veía televisión con la puerta a medio cerrar. Me acerqué más de curioso que por alguna razón especifica. Tal vez podría hablarle sin que Manuel nos viera. Ella era muy linda, siempre lo había sido. 

Me asomé a la puerta entreabierta, al lado de ésta había una pequeña banca de plástico blanca con herramientas sobre ella, seguro de algún arreglo que estaban haciendo. De pronto, un mango amarillo conquistó mi visión. Era un fuerte martillo que se destacaba entre los demás instrumentos. Lo tomé y pesaba más de lo que su tamaño podía hacer suponer. Su cabeza de puro acero tenía un brillo impoluto. Debía ser nuevo, aún no había dado ningún golpe durante su existencia. 
 

El cabello largo de Claudia se movía sobre su espalda mientras ella veía televisión echada sobre su cama tendida con un edredón rosa, suave y pomposo como una nube de algodón de azúcar. Comencé a ver todo en cámara lenta. Entraba al dormitorio ayudado por la alfombra que aplacaba el sonido de mis pasos, con el brazo en alto y el martillo de mango amarillo en la mano me acercaba a ella que concentrada en su programa no me hacia el menor caso. Llegaba a su lado y mi sombra en el piso la hacía voltear a mirarme, sus ojos se abrían desmesuradamente al mismo tiempo que su boca se preparaba para emitir el grito de auxilio que yo aplacaría antes de que existiera.


Su brazo no logra cubrir su rostro tan rápidamente como yo lo impacto con el resplandeciente acero. Le rompo los dientes al primer golpe, la sangre cubre su boca y borbotea fuera de ella tiñendo la rosada nube de algodón. Se pone de pie mirando su ropa manchada y luego a mi sin entender que pasa, su rostro lloroso me hace estremecer y sentir una alegría inexplicable, se forma en mi cara una sonrisa cómplice, mi ser se ilumina y se llena de emoción queriendo continuar mi labor. Ella corre hacia la puerta pero la tomo del cuello con mi mano apretándolo para ahogar cualquier intento de solicitud de ayuda.


La presiono contra la cama, ella patalea y agita los brazos tratando de arañarme, una de sus uñas alcanza mi rostro y rompe mi carne, eso me enerva más y levanto mi mano nuevamente, golpeo esta vez su frente hasta abrir una brecha y ver sus ojos inundados de sangre, sus hermosos cabellos se pegan entre ellos empapados en el rojo líquido que tibio baña mis manos. 


Mi vista se nubla en un universo rojo, ríos escarlata corren bajo mis párpados y en mis oídos sólo puedo escuchar su torrente. Siento mi brazo bajar y subir una y otra vez como un autómata golpeando, destrozando, rompiendo. Ella deja de pelear, su rostro es ahora una masa informe de carne molida, su cráneo abierto me muestra el rosa de su cerebro que va salpicando pedazos a mi cara y mi ropa a cada golpe sobre él. 


Termino sentado sobre ella o lo que queda de su antiguo ser. Limpio mi sudor y la sangre con el dorso de mi brazo que me ensucia más de lo que limpia.


¿Diego? – la voz de Claudia desde su cuarto rompe mi ensueño. Empuño fuertemente el martillo y en silencio entro a su dormitorio cerrando la puerta tras de mí.