lunes, 5 de octubre de 2015

INSTINTO



Cabalgaba por las calles llenas de niebla que no dejaban ver a mi corcel. Solo sentía el empedrado de las veredas bajo las patas del animal que me sacudía a cada paso. Como un ente sin alma y sin vida como era, sólo me guiaba mi instinto. Años pasaron pero nunca la había olvidado, como olvidar su inocencia mancillada por mi noche a noche, como olvidar su piel sin mancha que yo corrompí con tanto gusto, como olvidar su cuerpo de niña que se tornó en mis brazos al de una hermosa mujer gozosa de mis caricias. Como olvidar ese olor a jazmín y canela y esa blancura que ahora debe haberse convertido en un plomo cadavérico ¿Me recordaría? Seguro que sí, nunca un resucitado olvidaba  a quien le había dado la nueva vida. Mi error fue el no quedarme a criar a mi nueva criatura.


No, criatura no, ella no lo era. Ella era mi obra de arte, mi hija, mi amante, mi esposa, el corazón que reemplazaba el mío ya muerto. 


Tal vez no pude resistir semejante ser, semejante responsabilidad, semejante……..sentimiento.


El instinto, el hambre que secaba mi garganta y mis venas secas me obligaron a cazar en el camino. Arranqué cabezas, mutilé cuerpos con mis propias manos, no me conformaba con un simple mordisco en el cuello. Eso era de vampiros comunes. Muchos dirán que soy un ser que le quita la elegancia a los vampiros de buena sepa. Si, lo soy, no dejo un par de hoyos en el cuello de los infelices que caen a mis pies. Ni un mordisco en el noble cuello de las hermosas damiselas.


Yo me alimento de la misma vena yugular arrancando la cabeza de un tajo, de la misma vena aorta abriendo el pecho y extirpando el corazón con los dedos. De las venas y arterias de los brazos y piernas que se sacuden cuando su cuerpo pierde la cabeza como gallinas degolladas. Y si son damas jóvenes, la vena femoral es mi favorita, me llevo su vida por donde ellas darían vida a un nuevo ser. Porque, si no lo saben incautos ignorantes, la vena femoral, en las damas, llena el clítoris del preciado vitae cuando las inocentes se excitan a mis caricias ¿pueden pensar en algo más delicioso?


Pero regreso de mi ensueño, mis recuerdos y mis cavilaciones. El olor es más fuerte que en mis recuerdos. 


Es mi pequeña, mi joven asesina, mi corazón extraviado y parece que el instinto que plasmé en ella ha hecho efecto, puesto que su olor a jazmín y canela está hoy rodeado del olor a hierro de la sangre, del olor al plasma que está recorriendo su cuerpo marchito con ganas de seguir “viviendo”.


No pares corcel, encuéntrala, que aunque me odie, la amará mi corazón.