domingo, 10 de julio de 2016

PESO

Me duele el cuello y no puedo dormir, es el “síndrome del escritor” me dicen los amigos que me ven sobándome y quejándome del fastidio que siento. Creo que tienen razón, el estar sentado frente al computador, la pantalla con su página en blanco que grita que escribas, que la llenes de tus sueños locos y tus pesadillas más perversas hacen que el cuello sufra y los hombros tensos también molesten.
No sé si los pensamientos pesan pero eso es lo que siento sobre mi cuello y hombros, camino con lentitud, arrastrando los pies como si cargara toda la miseria del mundo sobre mí.
El cansancio tiene presa mi imaginación y mi desidia.

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Al fin comencé a escribir la historia más horrenda de terror jamás contada. Si no mueres de miedo en los primeros minutos es que no tienes corazón o valor en él. Mis líneas destilan sangre y lágrimas, tripas y desesperación, gritos y un daño psicológico irreversible.
Pero es curioso, avanzo en mi obra maestra de horror sin dejar un día de escribir y las ideas me fluyen como el manantial más cristalino que naturaleza alguna haya creado. La verborrea de mi escritura desborda imaginación y crea mil formas de morir, una más trágica y sangrienta que la otra, pero….y sí, es un pero absoluto, el pesar de mis hombros y cuello no ha parado. Al contrario, creo que mientras más escribo y camino de un lado a otro ordenando mis ideas, más es el peso y dolor que siento.

Cada criatura que creo o cada idea que tengo hace que mis dolores se acrecienten, el cuello me mata y los hombros pesan cada día más.

Ya basta, dejaré de escribir para tomar un descanso aunque las ideas se me vayan en el camino. Un baño me relajará un poco del dolor físico el cual amerito al estrés que he estado sintiendo por la carencia de ideas.

Ya en el baño descanso desvistiéndome y abriendo la ducha, el chorro caliente hace que el vapor invada el pequeño cuarto como una calle londinense de alguna historia victoriana y el calor conforta mi cuerpo desnudo. Sobo mis adoloridos hombros masajeándolos con mis dedos y el dolor del cuello ya no me deja levantar la cabeza, por lo que de reojo miro el espejo empañado.

Una sombra negra aparece reflejada en él, sentada en mis hombros, aplastando mi cuello voltea sin rostro a mirarme. Un grito ahogado sale de mi abierta boca como una exhalación de intento de vida, me muevo como poseso dentro del baño intentando sacármela de encima pero no se mueve. Clavada sobre mis hombros sonríe dentro del túnel oscuro que es su rostro.

Voy cayendo de rodillas por el peso y el esfuerzo, su aliento frío en mi oído me deja escuchar las palabras que salen de su penumbra.

“Sigue matando, sigue creándome súbditos perfectos, tu cerebro es privilegiado en oscuridad y crueldad, sigue llenando las mentes de sangre y los deseos más impuros. Padre me ha elegido para acompañarte perpetuamente hasta tu último día, en el cual te acogerá en los lóbregos aposentos en los cuales sufrirás cada una de tus historias, de los momentos más álgidos y sanguinarios, las vivirás cada una ¡que privilegio!”

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Pasan los días y los meses, mi opera prima quedó inconclusa, no quiero crear más monstruos ni asesinos, no quiero usar mi perversa vida para inventar cuentos de horror. 


Paso por los espejos de mi casa que me dejan ver a mi acompañante oscuro, siempre sentado en mis hombros, sin dejar que levante la cabeza, esperando, esperando que un día entierre la nariz en mis miserias.