jueves, 25 de agosto de 2016

CAMINITO


*Favor leer el presente relato con la melodía adjunta.

Caminito de piedras con paredes de colores, frente al riachuelo plateado que brilla lleno de lucesitas cantarinas que se deshacen en las pupilas de uno, recibe la fina lluvia de esa tarde grisácea y ventosa en que la conocí.

Delgada y ojerosa con su tosecita ahogada, con todo el peso de la vida en el alma. Vendía su sonrisa en la puerta de aquel viejo edificio de balcones de madera. De pie, en ligeras ropas, con el frío de julio, su sonrisa falsa cubría su historia plomiza como la tarde.

A diario, bajaba del tranvía con mi uniforme de colegial y pasaba por su puerta cargando mis libros, levantaba el sombrerito en un gesto de saludo mientras mis medias blancas, caídas, casi se arrastraban.

Ella no sabía que yo existía pero vivía en mi corazón de quinceañero.

Ahorré todo el verano, quería conocerla y con toda la vergüenza del mundo entré a ese lugar prohibido, a esa casa del demonio que mi madre me prohibió siquiera mirar.

Las chicas en fila esperaban, fumaban, jugaban con sus rizos entre los dedos con las uñas mal pintadas, soñaban en mejores días con la mirada fija en algún punto del vacío delante de ellas. Sus poses exageradas deseaban alentar a uno a escogerlas. Pero yo ya tenía a mi elegida.

Me paré delante de ella y tomándome de la mano subimos al piso de arriba entre los gritos de sus compañeras para que me hiciera “debutar” de la mejor manera y risas que me parecían hasta cándidas en ese momento.

Entramos a una habitación que tuvo tiempos mejores, el tapiz de la pared se caía por trozos y las cortinas, de terciopelo viejo tan raído, casi no cubrían el paso de la luz; una jarra y un tazón de loza blanca despostillado eran la única fuente de sanidad, la cual usó antes de ayudarme a desvestirme y acostarme en la cama. Desató el cinturón de su gastada bata blanca. Al fondo se escuchaba un triste tango y juraría que dejó caer su ropa al compás de aquella canción mientras se cubría la boca con un pañuelo percudido al toser. El corset apretaba sus pequeños senos que se asomaban cual palomas blancas de invierno, fue desatando sus lazos mientras mis ojos recorrían cada movimiento de sus manos liberando su albo pecho. Subió uno a uno sus pies a la cama bajándose descuidadamente las medias que cubrían sus piernas hasta medio muslo. Con la boca abierta seguía cada uno de sus movimientos, su cuerpo se movía grácil como el de una bailarina aunque su mirada triste no tenía destino. Quedó desnuda ante mí, tan delgada y frágil que sentía que podía romperse si la abrazaba con fuerza.

El olor a jazmín de su cabello llegó a mí como brisa del más dulce sueño, posó sobre mí su cuerpo llevándome cómo se lleva a una pareja de baile. Alrededor mío todo era calor, piel y jazmín, el dormitorio ya no existía solo el vaivén de su cuerpo que me descubría al más sublime placer.

Al terminar, se puso de pie dándome un paño húmedo para que me limpiara mirándome de reojo al ver mi cara avergonzada aunque feliz.

“Eres dulce” – fue lo único que escuche de su voz mientras se vestía encaminándome a la salida.

La verdad, mi recuerdo del mismo hecho es vago, como sombras de colores que se anteponen unas a otras pero el negro de su cabello sobre sus hombros tan pálidos, el rojo del labial corrido de su boca y sus ojos, que en algún momento se encontraron con los míos, son tan nítidos aun como un sueño tangible.  

Supe que se agravo su tos, esa tos que cortó su vida entre sábanas manchadas de gotas rojas de la sangre de mi Florencia, de mi paloma blanca con su sonriente tristeza.


Seguí pasando, pasando por aquel umbral vacío, convertido ahora en el bar La Perla. Y juro que aun siento el olorcito a jazmín que me abraza y me lleva a ese dormitorio húmedo y de madera crujiente con la única ventana por donde las chispas de las aguas del delgado río destellaban en sus ojos.