sábado, 13 de agosto de 2016

CARRETERA

A Daniel....

La poca iluminación de la carretera oscura solo me dejaba ver unos pocos metros delante del auto que iba conduciendo hacia un destino incierto. No me importaba el rumbo en esta loca carrera porque ella me acompañaba.

Al fin, unas horas antes había llegado la llamada que deseaba. Era ella que esperaba verme.

“¿A dónde vamos?” – le pregunté entusiasmado al verla con una sonrisa que no disimulaba mi sentir.

“No lo sé, por ahí” – me contestó sin mucha expresión en su rostro como siempre. Como si yo fuera la última esperanza o un premio consuelo a la soledad que es peor.

Le abrí la puerta en un gesto caballeroso y ella, sin mirarme, se sentó en el lugar del copiloto observando hacia adelante. De un salto estaba yo al volante y partimos. Manejé el auto, mientras por las ventanas, el tiempo pasaba haciendo de la ventosa tarde una noche oscura.

La miraba de reojo mientras conversaba de todos los temas que se me ocurrían, era casi un monólogo, ella solo respondía con monosílabos que demostraban, que al menos, me escuchaba. Su cabello volaba por el aire de la ventana semi abierta trayendo a mí su olor dulce a castaña.

Su delgado vestido blanco, como brillantes alas traslúcidas de hada, se le pegaba al cuerpo con la complicidad del aire que me permitía contemplar su figura.

Volteó a mirarme pidiéndome que la acompañara, yo asentía pensando que la seguiría hasta el mismo infierno. Me miró penetrando hasta mi cerebro con sus ojos marrones y luego siguió mirando fijo el camino con una mirada insistente y su boca se dobló en una sonrisa extraña.

Miré al mismo punto que ella y vi el final del camino. Un hueco negro nos esperaba, un abismo cuyo final solo conoceríamos con la muerte. Traté de frenar disminuyendo la velocidad todo lo que pude hasta casi parar cuando oí su voz llamándome.

Estaba de pie a un lado del camino, había logrado bajar cuando disminuí la velocidad y gritaba llamando mi nombre. El vestido blanco se agitaba en la oscuridad de la noche como una aparición fantasmal. Salté saliendo del auto corriendo hacia ella, tomé su mano agitado y me haló hacia un sendero en el camino.

De pronto, un sonido ensordecedor me hizo voltear hacia el precipicio. Me acerqué al borde y vi el auto, del cual me había bajado minutos antes, en el fondo. Sus partes regadas delataban el recorrido de la caída y yacía destrozado abajo. Algo me hizo bajar descolgándome por las rocas de aquel lugar hasta llegar al él. La neblina de la noche lo envolvía.

Adentro, ella respiraba aun con dificultad, nadie conducía, recordé que me había bajado de un salto y……pero……¡la había dejado adentro!

Busqué alrededor a la aparición de vestido blanco pero ya no estaba, estaba sólo con ella.


“Tengo la muñeca rota” – me decía posando su mano en la mía, mirándome con los ojos suplicantes, casi inocentes, mientras su sangre bañaba mi ropa bombeada por los últimos latidos de su corazón taciturno.