lunes, 15 de agosto de 2016

MUROS

*Segundo homenaje a Poe

Llegando a la villa de la cual me habían hablado tanto, me dispuse a habitar la casa de techos altos que buenamente mi amigo Francois ……., Duque de Merlot, me había designado pues los inquilinos que habitaban el lugar nunca se quedaban por mucho tiempo.


Era aquella casa como las de los cuentos que en alguna ocasión las madres cuentan al llegar la hora del dulce sueño infantil. Para ser más exactos, la casa de la bruja del cuento, con techos a dos aguas, clásica de la arquitectura victoriana. Valga decir que era un vecindario de lo más exclusivo al cual mi buen amigo me había hecho llegar.

A mis vecinos, la Marquesa de ….. y el Conde de ….. sólo podía verlos al sacar éstos a pasear a un par de chuchitos diminutos cuyo ladrido me taladraba, cual cincel y martillo, la mente ya tan cansada y corroída por los acontecimientos recientes.

Erase la casa una amplia mansión muy bien iluminada con pisos de madera y hermosas ventanas con rejas artísticamente decoradas.  El piso crujía a cada paso dándole el aire de antigüedad tan elegante que respiraba todo el vecindario.

Me apuré en instalarme para comenzar las labores en el periódico más importante del centro de la ciudad en el cual había conseguido una plaza de redactor.

Terminando de arreglar mis ropas y mis enseres personales, bajé al sótano a dejar mi baúl y cajas que había usado en la mudanza y a prender el horno que daba calefacción a la casa.

En esto estaba, cuando una sedosa cola rozó mi pierna y un ronroneo acogedor se dejó escuchar en el silencio del lugar. Mi primera reacción fue de sobresalto al estar yo solo, eso pensaba, en mi ocasional morada.

Su pelaje, negro como la noche, competía con la oscuridad del carbón usado para encender el hogar. El gran felino se sentó delante de mí, su inteligente mirada hacía resplandecer sus hermosos ojos, o tendría que decir ojo, pues carecía de uno de los órganos de la visión. Pero eso, al contrario de lo que se pensaría, no lo hacía lucir grotesco, sino que le daba aún más misterio a su presencia.

Supuse que el animalito había quedado atrapado en el sótano desde hace un tiempo pues no había ventana ni puerta abierta por donde pudo haber entrado y debió haberse mantenido vivo cazando algún ratón o paloma descuidada.

Subí con mi nuevo amigo de cuatro patas a acurrucarme frente a la chimenea con una taza de café en el mullido sillón del salón principal. El, muy confianzudo, se aposentó en mis piernas y se enroscó como los gatos acostumbran. No tuve corazón para echarlo y acaricié su negro pelaje. Tenía una larga y gruesa cola y era un gato bastante grande, más que el promedio de los gatos que había visto anteriormente. Su pelaje semi largo cubría un collar que rodeaba su cuello con una pequeña placa de metal.

Giré el collar para leerla, pues seguro era un animal perdido. Lamentablemente el pequeño pedazo de metal era un relicario tan oxidado que era imposible abrirlo y ver lo que estaba escrito dentro de él. Luego lo limpiaría con un poco de vinagre.

Comencé a trabajar al día siguiente y al llegar a casa sólo Nuit me acompañaba, así llamé al peludo al no saber su nombre verdadero y por lo oscuro de su pelo. Éste me seguía por toda la casa y me prodigaba sus caricias y ronroneos y yo lo alimentaba y cuidaba con todo el cariño que se había ganado.

Algunos meses pasaron y el trabajo cada vez se hacía más pesado, no había muchas noticias en una ciudad tan pequeña y la mayoría del día me la pasaba viendo como el rayo de luz que entraba por la ventana iba cambiando de lugar a medida que pasaba el día. Cuando el horario de trabajo terminaba tomaba mi abrigo y salía rumbo a mi hogar al cual llegaba caminando sabiendo que Nuit me esperaba ahí.

Delante del fuego estábamos después de haber comido opíparamente, sentía su ronroneo en mi vientre y recordaba que en algún lugar había leído que si el amor tuviera sonido debía ser el del ronroneo del gato. El humo de mi puro hacía espirales en el aire tibio de la noche, mi mano estaba sobre su redonda cabeza que movía suavemente frotándose contra ella cuando un ruido de golpes nos puso alerta a ambos.

Provenía del sótano y era repetitivo; tres golpes, silencio, tres golpes, silencio. Nuit saltó al piso echándose en la alfombra mirándome con su ojo achinado y arrugando la nariz, se durmió.

Bajé con la lámpara de aceite levantada iluminándome el camino, las escaleras de madera crujían bajo mis pies y miraba alrededor pero no había nada extraño.  El lugar olía a humedad y moho proveniente de los muros deteriorados por el tiempo. Solamente uno de ellos parecía haber sido restaurado hace poco, los ladrillos eran diferentes en esa pared y los de la parte superior estaban aún sueltos y sostenidos sólo por una viga cruzada de madera horizontal sostenida por una igual apoyada en forma vertical en el piso formando una T gigante.

Agudicé el oído escuchando el golpeteo que inconfundiblemente venía del hueco en el muro inconcluso, una oscura cavidad bajo los ladrillos sueltos. Me asomé con cuidado de no apoyarme en la viga que los sostenía y miré dentro pero no había nada, solo oscuridad. Alrededor todos los demás muros eran iguales, no soy un maestro constructor pero me di cuenta que varios de ellos no llegaban al techo del sótano, esos muros no sostenían nada y tenían dos vigas, iguales a las que sostenían el muro inconcluso, caídas en el piso delante de ellos.

De nuevo el golpeteó se hizo escuchar, esta vez con más fuerza desde dentro del muro no terminado. Me asomé más hondamente al hueco que era más profundo de lo que me había imaginado asemejando una pequeña cueva y esta vez metí uno de mis pies adentrándome en él, al mismo tiempo que dejaba la lámpara de aceite en el piso para poder palpar las paredes interiores.

Eran irregulares y húmedas, mis manos se deslizaban suave y rápidamente por ellas y pegaba el oído para intentar descubrir de donde venía el incansable golpeteo.


Sentí un golpe seco detrás de mí, una sombra negra salto a mi rostro desde la viga superior mirándome con su único ojo sano. Traté de agarrarlo tomándolo del cuello pero arañando mi mano se soltó de mi empuñe, sólo logré arrancar su collar quedándome con él cuando con su pesado cuerpo golpeó el madero que sostenía la viga del techo. En segundos, las vigas cayeron al piso delante del muro y los ladrillos se desplomaron sobre mi cabeza rompiendo la piel de ésta haciéndome sangrar, los fuertes golpes me hacían ir desvaneciéndome llenándome el rostro y los ojos de mi propia sangre que iba bloqueándome la visión así como los ladrillos iban cubriendo el hueco del muro convirtiéndolo en mi tumba. Esforzándome, acerqué mi mano a la lámpara que se iba apagando y la abrí para mirar el relicario que le había arrancado al gato antes de que huyera maullando endiabladamente, éste se había abierto por el golpe y al fin podía ver lo que se leía adentro. Mi último aliento antes de dejar la existencia terrenal fue para pronunciar su nombre escrito: “Plutón”.


*Para leer mi primer homenaje a Poe, click aquí: PALPITAR