lunes, 21 de noviembre de 2016

DIABLO

Pensé que el diablo tenía los ojos rojos, ojos en los que el infierno se refleja, que apagan el mismo fuego del averno y hacen hervir la sangre de los condenados con solo posar su mirada demoníaca sobre ellos.

Pero ¡Ay! errada estaba yo en mis pensamientos.

¡Son azules!

Azules como el reflejo de un mar en calma, como las burbujas de jabón que alocadamente creamos y matamos con nuestros dedos cuando niños. El hermoso azul de la calma, de ese que los psiquiatras dicen que nos dará paz.

El príncipe me miró son sus dos faroles encendidos en chispas añiles. Matome entre marina quietud. Desmembrome entre el sosiego de su azul mirada. Desollome voluptuosamente tocando mi piel y arrancándola sin piedad, sin despegar su azulada mirada de cada curva de mi cuerpo. Febriles garras se posaban en la redondez de mi seno desprendiéndolo de mi ser para terminar en sus fauces.


No respetó la divinidad de mi intimidad quebrantando mi bragadura con su lengua impía antes de consumir mi sangre dejándome como vacío envase, reflejando su azul mirada en cada gota de mis lágrimas sanguinolentas que bañaban sus párpados, cerrándolos enajenados, cubriendo sus brillantes pupilas antes que los míos cubrieran las mías perpetuamente.