domingo, 4 de diciembre de 2016

PRINCESAS III

Sus voces atravesaban la puerta de fierro que me encerraba a la libertad. El lugar húmedo y oscuro hecho con paredes de piedra me aprisionaba cada vez más.

Nuevamente vendrían por mí, a saciar sus instintos perversos en mi cuerpo.

Su tamaño no les impedía ser malvados. Al contrario, lo acrecentaba. Complementaban su falta de estatura con su rebalse de lascivia y malignidad.

Mi cabello negro como el ébano estaba pegado de sangre coagulada de los golpes que ejercían sobre mí. Mi piel, tan pálida como la nieve, aparecía llena de moretones de dedos, de palmas, de mordidas infinitas.

Me sacarían, como lo hacían diariamente, a atenderlos, pues no contentos con usarme carnalmente, también debía servirles cual infeliz esclava.

Salieron a la mina a arrancarle sus tesoros a la tierra dejándome, como era usual, encadenada a las paredes de piedra de la pequeña casita en medio del bosque.

La viejecita que venía a diario, por fin hoy traería lo prometido. La única forma de salvación de mi alma y mi cuerpo mancillados.

Me lo entregó en un pequeño frasco negro, una primorosa botellita de vidrio cortado con diferentes curvas y hendiduras que la hacían una minúscula obra de arte.

Por dentro contenía el más mortal de los líquidos, el más cruel, el más fiero.

Ellos llegaron tiempo después, la comida estaba lista y devoraron hasta el último bocado. Como postre, hermosas manzanas acarameladas adornaban la mesa.

Redondas expresiones del pecado original, dulces y tentadoras como tal.

Cada uno tomó una fruta de la bandeja que les ofrecía no sin ultrajarme antes con alguna libidinosa caricia.

Terminaron la perfecta cena con el postre perfecto. Una siesta reparadora finalizaría su día para levantarse a cometer sus atrocidades contra mí.

Sentada estaba frente al hogar que brillaba con sus flamas protectoras. Desde sus cuartos se escucharon los primero quejidos.

Salieron uno tras otro apoyados contra las paredes de la cabaña, maldiciéronme con voz ronca, casi ya sin habla. Se agarraban la boca y se tapaban los ojos, las hermosas frutas ejercían su dominio sobre su cuerpo. Quemábanse por dentro, las entrañas rugían, los ojos inyectados de sangre a punto de reventar, la saliva ardiendo quemaba lengua y el interior de la boca.

Los gritos pasaron de lamentos a aullidos del dolor más profundo.

Precioso Talio que todo lo destruyes a tu paso, que desmenuzas tripas y órganos, que quemas por dentro a tu víctima, que lo deshaces vivo poco a poco.

Un vomito negro, pestilente y mucoso brotó de ellos, unos a otros se lanzaban el nauseabundo deshecho y se resbalaban con sus propias heces del mismo color.

El cabello se les caían a mechones, haciendo su apariencia más espantosa aun. Desesperación, taquicardia, letargo, parálisis.

Me pasee entre los siete cuerpos convulsionados y agónicos, pateando cabezas y rostros de los cuales la sustancia negra aun surgía.

En mi mano, la última manzana acaramelada se lucia reluciente. La última, la única libre del mortal veneno. La mordí disfrutando el espectáculo, rescaté las llaves de mis ataduras y fui libre.

Comencé mi camino de retorno al castillo entonando una hermosa melodía acompañada del canto de los pajarillos y las criaturitas del bosque. 


*Si quieres conocer a más primorosas princesas, click en los siguientes enlaces:

Princesas I

Princesas II