viernes, 24 de junio de 2016

AMADA

Amada que abrazas mi cordura con tus suaves brazos de luna, frente al espejo nos veo juntos, unidos como un solo ser, mi tez aun gotea las lágrimas de la soledad y los monstruos de mi cabeza me miran desde todos los espejos de la habitación.

Apoyo mi rostro en tu suave brazo que me rodea como única respuesta a mi delirio, me abrazo a él y lo beso mientras ellos me miran y se ríen de mí – "¡Fuera, fuera de mi cabeza! ¡Sálvame amor, salva mi juicio que se va entre reflejos rotos de mi pobre alma atormentada! ¡Rodéame con tus brazos fuertes que no me dejan escapar, que me clavan a un lugar seguro junto a ti!"

"¡Oh malditos seres de múltiples ojos y escamas brillantes, salgan de mi mente, dejen de hablarme! ¡Voces…...acallen sus frases, sus órdenes, sus rezos! ¿No ven que estoy con mi amada que mantiene mi razón? ¿No ven como me abraza y me estruja con amor?"


"Cálida amada mía ¡Cómo me amas! ¡Cómo me envuelves con tus brazos de lino blanco!….¡No! ¡No me sueltes, no se la lleven! ¡No! ¡No me la quiten! ¡Al contrario! ¡Ajústenme más sus correas!"

jueves, 23 de junio de 2016

ALONDRA

Alondra, ave de invierno. Mirando a través de las ventanas del castillo, la nieve cae en copos que el viento lleva hacia algún otro lugar no muy lejano. El canto de aquella ave llena la noche más oscura del mes, las flamas de la chimenea bailan como en el averno mientras alumbra los muebles y cortinas de terciopelo rojo dándoles una tonalidad sangrienta.

Camino de un lado a otro inquieto, preocupado, impaciente. Las alfombras son testigos de mi andar incesante.

Un grito desgarrador rompe el espeluznante silencio, me adelanto rápidamente por el pasillo mientras las bailarinas sombras, que danzan al compás de las antorchas inflamadas, me rodean por el largo corredor.

Abro la puerta de la habitación en penumbra de donde los gritos y gemidos provienen. El charco de sangre en el suelo salpica alrededor cada vez que lo pisan. Las sábanas de la cama ensangrentada están en completo desorden, sus manos las estrujan por el esfuerzo y el dolor se refleja en su pálida faz.

Me acerco a acariciar su cabello negro, húmedo de sudor, que se pega a su rostro.

Otro grito me ensordece mientras aprieta mi mano y yo acaricio la suya dándole valor. El galeno casi invisible entre sus piernas y paños pide el último esfuerzo.

El agudo llanto nos sorprende y nos miramos a los ojos, ella me mira con ese amor endemoniado que nos une, yo le correspondo con el brillo infernal de mis pupilas.

El matasanos me entrega a la pequeña envuelta en oscuros mantos de encaje, los mismos que me acogieron a mí al nacer. La miro por primera vez, sus oscuros y grandes ojos penetran hasta mi alma o lo que queda de ella. Su piel, tan blanca como la de su madre, resalta los rojos labios de su pequeña boca y suaves rizos negros enmarcan su perfecto rostro. Miro a Eleonora, su palidez natural resplandece como la luna llena al entregarle el fruto de nuestros encuentros más perversos.

Mis dos mujeres se abrazan, una envolviendo a la otra en sus brazos. Besa sus labios inmaculados con su boca de rosa. La nueva madre me mira y sonríe complacida. Sus bellezas compiten sin poder decidir por alguna.

- “El verano terminó, llegó el invierno, ella llegó con éste, como aquella ave que es la única que canta en esta época, como será la única que entrará a mi podrido corazón acompañando a quien la llevó en su vientre.
Alondra será su nombre, como el ave invernal, oscura como el plumaje que la cubre y sin ningún rastro del verano que pasó” -

martes, 21 de junio de 2016

FIESTA INFANTIL

El pequeño Damian renegaba en un rincón de los arbustos del gran jardín de la mansión. ¡Cómo era posible que esa mujer arruinara su fiesta de cumpleaños que estaba saliendo tan divertida!

Sus amigos habían llegado y se entretenían con todos los juegos que había puesto su madre en el jardín y los shows que se había contratado.

Aunque la verdad no le gustaba mucho la decoración que su madre había realizado, mucho color para su gusto, ni que fuera una niñita. Hubiera preferido colores más oscuros pero ella siempre le decía que para su edad tenía un gusto tétrico, así que la había complacido no diciéndole nada sobre los globos y serpentinas colorinas que bañaban el gran patio interior.

El niñito decidió darle más diversión al show de magia que estaba siendo un poco lento y se concentró en el mago que hacía sus sosos trucos de ilusionista básico.

De su sombrero de copa sacaba palomas y conejos a los cuales sus ñoños amigos aplaudían sin cesar. Damian se paró detrás del grupo de niños que disfrutaba el show y miró al mago con esa mirada fija y fría que tanto temían en su casa.

El sabía que su padre no lo defraudaría y lo ayudaría a hacer de esa fiesta infantil un evento estelar.

El delgado mago se arregló el ridículo bigote torciéndolo entre los dedos y sonrió a los niños con una sonrisa chueca para hacerse el interesante.

Metió la mano al sombrero y su rostro comenzó a contorsionarse, se le desdibujó la sonrisa para dar lugar a un gesto de sorpresa y luego a uno de repugnancia.

Sacó la mano ensangrentada del alto sombrero negro, los niños mudos no entendían que era aquello que palpitaba en su mano y del cual colgaban largos colgajos de carne que goteaban sin parar la sangre más oscura y espesa formando perfectos charcos en el verde césped.

El mago soltó aquello y volvió a meter la mano para sacar, esta vez, un rosado pedazo de carne que se movía sin parar como una pequeña culebra rosa y húmeda que destilaba un líquido transparente y resbaloso el cual lo hizo caerse al piso.

El aprendiz de ilusionista metió la mano por tercera vez a su sombrero y un par de bolas blancas salieron de entre sus dedos, dos hermosos iris verdes miraban desde la mano del mago a todos aquellos pequeñuelos que gritaban horrorizados.

Allá en la esquina, una pequeña de coletas rubias se tocaba el hueco vacío en el pecho en el cual antes palpitaba su inocente corazón y que había sido el primer truco del mago. Más atrás un niño de lentes y short a cuadros vomitaba sangre por la falta de la lengua con la cual hubiera gritado por ayuda si hubiera podido hablar.

Y muy cerca a nuestro pequeño, el niño con las cuencas oculares vacías avanzaba a cuatro patas buscando a que apoyarse mientras éstas dejaban caer largos y gruesos hilos de sangre, que bañaban su rostro,  en su camino.

El mago poseído metía y sacaba la mano del mágico sombrero mostrando orejas, hígados, tripas, riñones y estómagos que vomitaban sus fluidos por todo el césped ya pegote de sangre coagulada y pedazos de cuerpos sobre el cual se arrastraban y caían pequeños cadáveres y padres desesperados.

Damian, a un lado, disfrutaba de su cumpleaños y reía ruidosamente del espectáculo mientras iba devorando los dulces, galletas y la gran torta que destrozaba con las manos, frenético.

Su fiesta estaba en el mejor momento hasta que la estúpida de su niñera malogró el momento gritando desde una de las ventanas de la mansión: ¡Oyeme Damian, hago esto por ti!



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viernes, 10 de junio de 2016

ANIVERSARIO



*Favor leer el relato con la melodía adjunta.

Mariette tocaba al centro del salón perdida en su propia melodía,  movía su blanco bracito aporreando el arco de su pequeño violín, su cabeza sacudía los rubios rizos adornados con lazos de satén rosa. Alrededor sus compañeros, sus hermanos, danzaban en el aire, dando vueltas y revoloteando suspendidos en la oscuridad del lugar que se iluminaba por momentos con rayos de luz como disparadas de ventanas de colores.

Dieguito hacia volar sus cuchillos, tijeras, sopletes y todo lo que le servía de arma a su alrededor, su sonrisa desquiciada lo hacía babear mientras danzaba con los ojos en blanco. El capitán Garate llegó con sus cadenas alrededor del cuello, las golpeaba en el piso de madera así como su pata de palo y en cada golpe las cadenas sangraban manchando el piso de la sangre de los esclavos que aprisionaban. La chica del calendario, siempre coqueta, bajó de la pared donde estaba perpetuamente dibujada y en puntas de pies bailaba sin tocar el piso como la más ágil bailarina poseída por la melodía.

Carniceros, Esclavos de esclavos, Monstruos con patas de araña que te esperan en tu habitación, madres colgadas de vigas frente a sus hijos, niños diablo, vampiros sanguinarios, escritores asesinados por sus personajes, marcianos perdidos, hermanos idiotas y pequeñas asesinas justicieras, todos unidos, todos celebrando, danzando, dando forma a la canción lúgubre que la pequeña Mariette interpretaba incansable.

De pronto, la niña dejó de tocar de un golpe lanzando el violín a un rincón del lugar.

“¿Un año ya?” – decía la voz en mi cabeza que se transformó en imagen delante de mis ojos. Dieguito, vestido con su cinturón de herramientas, afilaba el machete con la lima de metal que llevaba entre sus manos.

“Así es Diego ¿no has traído nada para la celebración?” – reclamaba la pequeña Mariette estirando con sus manitas su vestido de gala rojo granate como el alimento que buscaba compulsivamente a diario – “al menos ese cuchillito nos servirá para cortar el pastel” – dijo la niña mirando con enormes ojos el gran machete y sonriendo de forma burlona. Retorcía nerviosa la cabeza de su muñeco de trapo y con una de sus manos jalaba el ojo de botón casi arrancándoselo – “él aun no llega,”-replicaba mirando a los lados – “¡debe traer el pastel!”

Dieguito se acercó a la niña por detrás sacando sus tijeras de podar que colgaban del cinturón de cuero  y acarició con el filo del arma blanca los dorados bucles de la pequeña – “¿un cortesito?”- le preguntó abriendo y cerrando las hojas de las tijeras casi tocando el rostro de Mariette.

La chiquilla dio un salto hacia atrás haciendo sonar fuertemente el cascabel de su cuello y con otro atacó a Dieguito prendiéndose de su cuerpo y clavando sus pequeños colmillitos en el cuello del chico que tomándola de la cintura se esforzaba por desprendérsela.

“No te engañes por mi tamaño Die-gui-to, tengo más años que tú y ni con todos esos juguetes que llevas en el cinturón podrías hacerme el mismo daño que yo puedo hacerte a ti” – le dijo la niña que con los ojos azules casi fuera de sus órbitas lo miraba con rabia – “¡me arrugaste el vestido pobre orate¡”- chilló bajando al piso y volviendo a estirar, desesperada, la falda del vestidito.

“Pobre niña loca” – se fue susurrando Dieguito a una esquina y se puso a jugar con su cepillo de dientes que encendía y apagaba sintiendo la vibración de éste mientras se lo pasaba por la cara.

Un golpeteo me taladró la mente mientras el Capitán Garate con su loro en el hombro se acercaba aporreando con su pata de palo el piso de madera sin dejar de observar a la chica del calendario que lo seguía con la mirada sorprendida por la colorida cantidad de globos que traía el pirata.

Siete llegó maullando y corriendo como perseguido por el diablo.

“¡Suéltame niña!” – le gritó a Mariette que lo tomó de la cola cuando pasó a su lado pisándole sus zapatitos de charol – “¡anda juega con tu muñeco tuerto y déjame en paz!“– le dijo el negro gato liberando su cola y acicalándola sentado en el centro del salón.

“¡No está tuerto!”– La dulce Mariette abrazó cariñosa a su muñequito hecho de piel besando su frente cosida y su boca deforme.

A lo lejos un retumbar hacía temblar mi mente, la oscuridad comenzó a hacerse presente, su capa volaba mientras su andar lo traía hacia nosotros. Don Diego de Torres y Messía se acercaba a los demás con una gran torta en la mano. Era de pasta blanca inmaculada y desde el centro brotaba relleno rojo como si estuviera desangrándose.

“¡My beloved one, mi amado Drako, llegaste!” – la pequeña dejando el muñeco a un lado, se acercó rauda al caballero recién llegado abrazándolo dulcemente; su rostro, con los ojos cerrados, se apoyó amorosamente bajo el pecho del muchacho que acariciaba sus rubios rizos con la mano libre.

Mariette levantó nuevamente su violín rojo y continuó con su más lúgubre melodía, el lugar se llenó  y los invitados danzaron nuevamente con la oscura canción. Bailaban en el aire, moviéndose en el  viento, dando vueltas poseídos por cada nota que Mariette tocaba endiablada mirándome fijamente.

Don Diego siguió su andar hacia mí acercándome el pastel.

“¡Digno de ti!” - me dijo mirándome a los ojos al mismo tiempo que los demás volteaban hacia mí, todas las voces de mi cabeza se acallaron al unísono así como el violín, sólo observándome en silencio, sin parpadear, sin respirar siquiera. La voz del nuevo personaje se hizo oír sobre la de sus hermanos – ¡Feliz aniversario, Madre!






martes, 7 de junio de 2016

BELOVED : IGLESIA


*Favor de leer el relato con la melodía adjunta.

Los suaves rizos rubios de mi niña hermosa vuelan a su pausado andar, entra con cándido paso a la iglesia que la recibe con sus puertas abiertas como las alas de un ángel celestial y generoso. Los vitrales de colores con mártires figuras dejan pasar la luz del día que va desfalleciendo. El olor a la madera del techo que gótico se alza en altas naves en punta, las banquetas de tosca madera y la obra del artesano que talló esos relieves convirtiendo el tronco y el yeso en figuras santas la rodea con las vírgenes y los niños que la miran acercarse al altar de nuestro Señor Jesucristo que con su mirada caída contempla sus pies ensangrentados y atravesados.

Lo mira con pena, con la dulzura de sus años y la piedad de sus grandes pupilas. Sus pies sangran sobre cruz de madera con líquido de roja cera.

Una hilera de sacerdotes va entrando desde la sacristía, no se ven sus pies, sus hábitos los cubren y se mueven sobre el pulido piso como ángeles oscuros levitando. Mi niña parada al centro, entre las bancas y el altar sagrado, sólo los mira con su pequeño muñeco tuerto aferrado.

Sus ojos brillantes de rojas chispas, que opacan su pálida piel mortecina,  los observan mientras la ignoran, su pequeño cuerpo quema, su carne trémula tiembla al sentir el escozor del lugar. Esboza una forzada sonrisa de dientes de perla y su cara se enciende en la más pura esencia.

Una mano toca su hombro, estruja su delicada manga de seda rosa y mi pequeña levanta su mirada agradecida de ser recibida en aquel bendito lugar. Acostumbrada ya a ser creída huérfana, infla sus redondas mejillas sonriendo, balbucea, ríe y llora mientras cuenta. Es recibida y llevada dentro de la casa de Dios, pasará la noche ahí antes de llevarla al lugar donde yacen sus demás hermanitos de infortunio.

La noche cae rauda y las voces de los cantos sagrados llegan hasta sus oídos a través de los corredores en donde revotan los ecos de las palabras. Lámpara de aceite en mano, recorre los vacíos pasillos. Sus pasitos en zapatos de charol retumban en la oscura noche y su sombra se deforma bailarina en una gigantesca imagen.  

El comedor está encendido con velas por doquier, un sacerdote canta mientras los demás comen opíparos alimentos que jamás vio en orfanato alguno. Los rechonchos curas llenan sus tripas y los restos que no pueden masticar caen por la comisura de sus gruesos labios.

Pequeña fiera vengativa y justiciera recordando los enjutos cuerpecitos de los que se alimentó, los delgados niños que llenaron sus venas secas con el poco vital liquido que podían producir. Pobres huérfanos, pobre pequeña escoria de las calles que comían lo que aquellos sobraban.

Se acercó a pedir comida a la gran mesa, su manita estirada y su rostro de evocación no consiguieron la generosidad de ninguno de aquellos adiposos santos varones. Empujada, ignorada, manoseada y humillada se sentó en una de las esquinas del lugar oliendo los potajes. Sus dedos jugaban con el cascabel regalado por su pequeño muñeco de trapo y sonrisa cosida. Su sonido la acompañaba mientras planeaba, mientras calculaba.

Se sentó en el regazo de uno de los curas alejado a descansar, acarició su rostro con sus blancas manitas enguantadas, sentía las manos del mismo sujetándola, rozando vestidito y muslos, encajes y talle, bordados y pechos inexistentes. Dilató las azules pupilas como su naturaleza impía le había enseñado, dejó caer su influjo sobre el pérfido que perdido en aquella maldita mirada infantil se dejó llevar. Su pequeña boca se adhirió a la gorda garganta, los incipientes colmillos se hundieron entre grasa y piel, succionó hasta saciarse dejando caer, esta vez, gotas bermellón por sus labios y gotear a su rosado vestido. Balanceaba sus piernitas que no llegaban al piso sintiendo como los latidos del infortunado se iban acallando, como su sangre comenzaba a formar parte de ella. Su alma inmortal se consumió en fuego sádico, la euforia hizo presa de su voluntad, sus diminutos dientes se volvieron cuchillas, arrancaron labios, lengua y pedazos de rostro. Escupió asqueada el pellejo limpiándose con el delicado pañuelo. Lloriqueó al ver su vestido manchado por vez primera sacudiendo la cabeza en un reproche contra sí misma. Sus bucles dorados bailaban de un lado al otro sobre la tersa tez.

Ya el cielo estaba oscuro adquiriendo un matiz purpura que prometía una noche clara. Acarició los lacios cabellos de su víctima y con un beso en la frente agradeció su vida por la propia.

Se alejó del lugar, los curas aun comían y su pequeño cascabel se dejó oír hasta desaparecer entre cánticos y mordiscos.  Ya lejos, volteó hacia el templo y por los coloridos vitrales observó la fila de monjes que caminaba lentamente cantando como una procesión infernal.


My beloved one torció su boca de rosa en una perversa sonrisa  al escuchar el grito desgarrador que llegaba desde la basílica.