domingo, 12 de febrero de 2017

HOMO LUPUS



*Favor leer el relato con la melodía adjunta.

Su cabello rojo volaba como llamaradas de un incendio letal, el delgado vestido cual alas de hada se  oponía rudamente a su apariencia feroz. Cubría apenas su cuerpo en el frio invernal de las calles parisinas en las cuales la niebla reinaba como soberana tirana.

Angelique se escondía de la luna plateada, aquella que la seguía desde que tenía memoria, su influjo la vencía en mente y cuerpo.

Maldición mensual lejos de la menstruación que ya era un fastidio. Corrió a refugiarse en el rincón más oscuro que encontró en las viejas callejuelas cuyos adoquines sonaban como antiguo clavicordio tocados por la insipiente lluvia que avecinaba un gran chubasco.

Las farolas de aceite apenas alumbraban el lugar y los carruajes la salpicaban de sucia agua al pasar presurosos. El escuálido vestido se le pegaba al cuerpo pero no sentía frío, estaba en su naturaleza no tenerlo.

Llegó a la cripta de su familia, la noble casa De Brienne, el clavicordio de cristalinas gotas seguía tocando en su mente, se sintió segura alrededor de sus muertos. Abrió los brazos y bailó, libre, ajena a su tragedia.

Tomó uno de los cráneos en la mano y danzó, voló con el más allá de la cantarina lluvia que la acompasaba.

Su cabello de fuego iluminaba el lugar así como su piel blanquecina. Hermosos ojos pardos que almendrados despertaban cualquier placer, desde el más platónico al más delirante y sádico.

Cayó al piso presa de los dolores del cambio.

Se ovilló en el piso abrazando sus rodillas, tocando su vientre al dolor insoportable. Sus huesos sobresalieron, su columna se partió alargándose en una extensión de cola. Sus redondos senos perfectos como copas del cristal más fino en atlético esternón se transformaron. Sus miembros deformes doblaron las rodillas, codos y articulaciones hacia atrás. El hermoso rostro contrahecho en un Largo hocico babeaba al asomarse los puntiagudos colmillos.

El fuerte aguacero acalló sus gritos de dolor.

Su rojo cabello convertido en sedoso pelaje del mismo color cubría su bestial figura que se arrastraba intentando ponerse de pie. Solo sus ojos pardos contaban su historia, solo sus pupilas denotaban su longevidad.

Al fin, de pie en sus cuatro patas, caminó por el piso pétreo del mausoleo, salió de el pasando por los jardines del cementerio, que mejor lugar para un alma muerta, para un corazón fallecido. Llego al pequeño arroyo, bebió.

Su hocico formaba círculos concéntricos de agua al tocarla. El brillo de sus ojos en el reflejo llamó su atención. Sus pupilas era lo único que mostraba su humanidad al que se atreviera a llegar tan cerca de ella. Aulló iluminada por la luna, su cuerpo resplandecía bajo sus rayos plateados como madre que presenta orgullosa a su hija amada. 

El olor de la manada llegaba a su nariz sensible por su, ahora, naturaleza animal. No quería seguirlo, ella era una cazadora solitaria. La luna la miraba sonriente y burlona de su influjo.

Se sentó al borde del arroyo cristalino, su sonido la calmaba y lamió las heridas que tenía su piel al abrirse en la transformación, pronto cicatrizarían. Sus orejas se movían individualmente a cada sonido del lugar, el aire atravesaba su pelaje que bailaba con la brisa nocturna. La llovizna comenzó a arreciar con su sonido a clavicordio perforando sus oídos.

Levantó la cola airosa, Loba Roja la llamaban en el lugar, Muerte Escarlata la nombraban.

El hambre incontenible lleno su estómago, los jugos gástricos la hacían salivar llenando su hocico. Sin pensarlo, ya sus patas la llevaban a las afueras del lugar, a la ciudad llena de bocados racionales.


Una pata precedió a la otra, echóse a andar.