domingo, 14 de mayo de 2017

HISTORIAS REALES: PARÁLISIS DE SUEÑO: NUEVA VISITA

La fresca noche de mayo me invitó a la caminata que abrió el apetito que se presentaba como un sonido rugiente en mi estómago.  Paso a paso me acercaba a sus escaparates coloridos, el supermercado me abría sus puertas para saciar mi hambre. Una fruta estaría bien, mi dieta era estricta y ya alcanzaba mi objetivo.

El aire acondicionado envolvía mis fosas nasales dándole a cada respiración una sensación punzante. No había mucha gente, casi nadie en realidad y lo atribuí a la hora en que había llegado. Los pasillos desiertos le daban un aire lúgubre al lugar a pesar de los estantes llenos de colores.

Me acerque a la escalera que llevaba a los empleados al segundo piso, cercana al lugar donde las frutas se exhibían radiantes.

Pasé por debajo de ésta olvidando el dicho de la mala suerte cuando uno pasa bajo una escalera, fijando ya mis ojos en la más hermosa manzana que jamás había visto.

Un golpe seco en la cabeza cegó mis sentidos golpeando inmediatamente mi cuerpo contra el piso frío del lugar.

Abrí los ojos tiritando, mi espalda helada contra el duro suelo y la congeladora tan cerca hacían temblar mi cuerpo desnudo solo cubierto por una mínima toalla.

No podía moverme. Mis brazos y piernas pesaban como si estuvieran echas de sacos de arena. Mi boca se movía sin pronunciar palabra y mi cabeza daba vueltas evitando que mis ojos enfoquen correctamente.

De pronto dos pares de manos me levantaron colocándome sobre el exhibidor de carne del supermercado. Con mucho esfuerzo giré el rostro horrorizándome al darme cuenta de que yo era una de las “suertudas” que eran mostradas sobre la congeladora de carne y no de las que colgaban de los techos, como cerdos en el matadero, traspasados sus hombros con ganchos que desgarraban su carne y músculos que sangraban sobre sus desnudos cuerpos manchando las pequeñas toallas blancas que goteaban el rojo líquido.

Hombres entrados en años y de aspecto grotesco se paseaban entre nosotras mirándonos, levantaban las toallas, contemplando nuestras partes más íntimas, sus miradas morbosas denotaban sus depravadas intenciones.

Intentaba con todas mis fuerzas moverme, salir de ahí, pero me era imposible por el dolor insoportable que me sucedía a cada intento de movimiento. Los hombres iban escogiendo a las mujeres, pagando por ellas a los encargados de aquel lugar asqueroso.

Las tomaban desnudándolas y violándolas ahí mismo ante los ojos horrorizados de las otras víctimas, de los empleados y los otros depravados que se regocijaban ante el espectáculo.

Uno de los viejos se acercó a mi tocándome, levantó la toalla que me cubría destapándome la parte derecha del cuerpo y pagó por mí al sucio hombre que nos cuidaba.

Me tomó tirándome al piso, desnudándome y arrodillándose entre mis piernas. Yo reuní todas mis fuerzas pero apenas lograba mover mis piernas y brazos.

“Cálmate que usaré el destornillador” – me susurro al oído logrando que su asqueroso aliento llegue hacia mí, Con terror me di cuenta que el destornillador no era tal. Era una vara gruesa y larga pintada en la en la filosa punta de rojo y negro.

“El destornillador, el destornillador, el destornillador” – gritaban los depravados alrededor mirando el espectáculo. Me agitaba mirando a los lados, mis ojos desesperados casi se salían de sus órbitas de desesperanza e impotencia.

A mi alrededor, las otras chicas eran violadas cruelmente sin oponer resistencia, sus cuerpos inertes daban la impresión de estar muertos, ni siquiera lo intentaban.

Reuní todas mis fuerzas, el dolor era insoportable pero el asco y el terror lo eran más y logré levantar mis brazos e intenté empujarlo.

De repente, el hombre arrodillado entre mis piernas rejuveneció, pero era la misma persona. El mismo asqueroso pelirrojo de ojos azules que me miraba lascivo babeando de lujuria ante mi cuerpo desnudo e indefenso. Todos los viejos de alrededor aparecían igual, jóvenes ante sus víctimas humilladas y sangrantes.

Eso era imposible ¡tenía que ser un sueño, debía serlo!

Me forcé a abrir los ojos. Ahí estaba yo en la oscuridad de mi habitación. Mis muebles, muñecos y ropa regadas en los mismos sitios. Sentía el peso del tipo sobre mí, su cuerpo me aplastaba y al mismo tiempo ya no estaba ahí. Ahora era sólo una sombra. Logré levantar mis brazos con todo mi esfuerzo y pude clavar mis uñas en su piel, la cual sentí nítidamente, mis uñas se clavaron en su piel dura. En cuanto lo toqué pude ver su forma original.

Su cuerpo era humanoide, de color blanco. Pero no como el blanco pálido de la muerte, sino como un objeto, blanco totalmente sin relieves, ni curvas, ni rectas. Sólo era blanco con negros ojos sin esclerótica, solo negras pupilas que te hundían en lo profundo de un abismo infinito cuando las veías.

Su cabello era negro y dentro del hoyo que era su boca, pude descubrir oscuridad y colmillos.

“Ayúdame” – repetía en mi mente esforzándome por hablar – “ayúdame, ayúdame” – gritaba en silencio con la boca abierta sin pronunciar sonido.

Mis músculos se contrajeron por el esfuerzo realizado, mis puños se ajustaron hundiendo mis propias uñas en mi carne y el dolor desgarró la piel de mi garganta al gritar al fin liberando un frenético alarido.

¡Ayúdame! – fue la palabra que me liberó, que lo hizo huir.

Sola nuevamente en mi cuarto, miré alrededor, todo lucía exactamente igual que hace un momento, exceptuándose solamente por aquel ente, por aquella presencia que me escogió entre todos esos trozos de carne.


Aquel al que no le soy indiferente desde mis más tiernos años. 


*Para saber más sobre otras visitas, click aqui